De El Diario Montañes. TEXTO Y FOTOS:/JAVIER RODRÍGUEZ. Al pueblo saharaui le han quitado 30 años de su historia Tinduf es un erial. Un paisaje bíblico. Inhóspito. Intratable. Una especie de tienda de campaña grande que llega a perderse con la vista. En los campamentos todos los barrios son iguales y lo único que altera tanto equilibrio son las paredes levantadas con adobe en las que los niños aprovechan para reconocer sus sombras.
‘La Meca’ del pueblo saharaui reparte kilómetros y kilómetros de sufrimiento. Aquí nadie es joven durante mucho tiempo. El olor a exilio estrangula y la uniformidad del horizonte no concede nada nuevo a la vista. Si el frío de los inviernos llega a hacer daño, las temperaturas en verano matan a cualquier animal. Para vivir en estas condiciones hay que ser catedráticos del sentido común y caminar al ritmo de los termómetros. Y la arena. Presente en todas partes. Apelmazada en las techumbres de lona y uralita que se reparten el espacio. En los rostros. En las mochilas de los escolares que regresan de las colegios. El paisaje cansa. Es siempre el mismo. Árido. No hay agua ni pastos. Apenas se ven hombres. Sólo mujeres y críos. Ellas abriendo trincheras para amasar adobe y ellos corriendo detrás de todo lo que se mueve.
Si hubiera que medir la renta de este pueblo por la cantidad de papel higiénico, estaríamos hablando de un rollo por cada 100 ó 200 familias. Y es que aquí se vive al día y de la memoria colectiva internacional. Los únicos víveres se encuentran a las afueras de los campamentos. Unos cuantos corrales para las gallinas y las cabras cosidos con alambres y algún que otro envase de la ayuda humanitaria. A las afueras están también los cementerios, hilvanados con piedras planas a modo de lápida y retales de latón.
La desgracia colectiva anula por momentos. Cada vez cuesta más celebrar los aniversarios. Prospera la decepción entre las nuevas generaciones. Comienzan a perderse las costumbres de qué poder hacer al día siguiente. Sólo el te y las conversaciones ayudan a combatir el aburrimiento, cuando no se sestea delante de algún que otro destartalado televisor al ritmo de ‘Rosalinda’, una vieja telenovela mexicana doblada al árabe. En los hogares el polvo y la arena se lo comen todo, incluidos los equipajes preparados para el retorno.
Postales del desierto
El pueblo saharaui nunca pide. Y si lo hace es para pedir pupitres y escuelas. Para seguir invirtiendo en la educación de sus hijos. Hadiya acaba de cumplir 21 años y pertenece a la primera generación nacida en el exilio. Su nombre significa ‘delicadeza’ y es una hija más del desierto. Nacida bajo techo extraño, la joven echa de menos una tierra que sólo ha visto en las bibliotecas. Tiene unos ojos negros como el azabache y unas pestañas para dar sombra a todo un vergel. La ‘melhfa’ de color turquesa que la envuelve no hace más que acentuar su belleza. Hadiya es maestra y su pasión por los niños es evidente. Tiene un compromiso con ellos en este mar de arena y piedra en el que todos los caminos se dibujan con las ruedas de los Land Rover. Un pedregal donde se marchitaría de manera fugaz un ramo de flores entre las manos. «Pero no sería por falta de agua. Más bien por la tristeza con la que le miraríamos», asegura.
Hace tiempo que desaparecieron los bloques. Ya no se discute si África es prooccidental o prosoviética; más bien si es pronorteamericana o profrancesa. Pero el referéndum de la discordia sigue pendiente. Y todo indica que para rato. Para el delegado en Cantabria y fundador de la Media Luna Roja Saharaui, Mohamed Salek, «el referéndum está secuestrado por Marruecos y la ONU y ninguna potencia está interesada en sacarle el polvo de encima por miedo a enojar al soberano alauita. Deben revisar la historia, pues nuestro pueblo acabará siendo pasto de la arena».
Han caído todos los muros, el de Berlín incluido, pero Marruecos ha levantado el suyo. 2.200 km tirados a cordel conforman el ‘muro de la vergüenza’ en las zonas ocupadas. Puertas al desierto que quitan las vistas al pueblo saharaui «e impiden la vuelta a nuestro hogar», dice Fatma Galia Hamuadi. La mujer esconde 80 años y sus fuerzas están hechas con retales del pasado. Fatma es una postal en vida del exilio. En su DNI español reza que nació en Smara, que estaba domiciliada en El Aaiun, en la calle Capitán Desvalls y que de profesión se consagraba por completo a sus labores. De sus 50 años en el Sahara Occidental guarda estupendos recuerdos, incluidas las representaciones que ofrecía la Sección Femenina en aquel tiempo.
«Llevábamos una vida humilde, pero al menos no conocíamos los sobresaltos», dice esta bisabuela con su rostro desgastado por la rutina. El cuidado de los hijos y las tareas del hogar le ocupaban la mayor parte del tiempo, pero siempre había momentos para echar un vistazo a la prensa española de la época que llegaba de Madrid. «Corrían de mano en mano como el dinero y nos hacía ilusión ver las cosas que pasaban en la península». Fatma jamás olvidará la primera vez que la sentaron delante de un televisor para ver a los americanos llegar a la luna en 1969. Y menos aún la muerte de su marido Caid, cuatro años más tarde, y por el que guardaría un luto de cuatro meses y 10 días. Desde entonces no ha vuelto a mirar a ningún otro hombre a los ojos. Fueron los últimos coletazos del sueño imperial español. De una colonia que se había convertido en una provincia más. Como Cuenca o Salamanca. Sólo que allí los procuradores juraban sus cargos sobre el Corán.
Pero por entresijos de la época, España recogió sus enseres, se dio media vuelta y entregó el protectorado a Hassan ante los viejos temores de una oleada comunista en la zona. Una bandera española ondeando a media hasta por la muerte de Franco es la penúltima imagen que Fatma guarda de El Aaiún. La última, el éxodo de todo un pueblo apenas una semana después. La mujer empleó cinco semanas en cubrir una travesía desértica de unos mil km bajo un sol de los que reclaman víctimas, las bombas de napalm que utilizaba el ejército marroquí y tirando a cada instante de una docena de hijos. El 26 de febrero de 1976 llegaba a los campamentos de refugiados en la yerma región argelina de Tinduf, un día antes de la proclamación de la República Árabe Democrática Saharaui .
Habitual del insomnio, todavía extraña el lugar que pisa. Acumula sueño y decepción en la mirada. Entre sus manos hay literatura y dolor enterrados. Son manos de otro tiempo. De las que han ido tejiendo el exilio. Fatma Galia se trajo con ella el perfume, pero olvidó recoger la etiqueta.
Sueños de papel
Hay toda una generación a la que se le niega el pan y la sal. Klechija Bwslla es ya la segunda hornada saharaui que nace en este paisaje roto. Quizás no sea el lugar más apropiado para que nazcan los niños. Aún así, cada vez hay más. Su madre ya lleva en la tripa al sexto. La progresión de la natalidad es geométrica. Como en un acto de no perder la identidad y caer en el olvido.
Tiene 9 años y es la menor de cinco hermanos. Su familia es lo suficientemente pobre que no le llega para una ración de azúcar. Todas las posesiones se reducen a las dos cabras que ella misma echa de comer cada tarde, nada más salir de la escuela. Prepara la ración con agua, harina y mucha paciencia, y completa el caldero con cartones de tetrabrick y algún que otro titular de periódico. Todo un manjar para estos animales dispuestos a comerse de una sentada el Espasa Calpe. Aquí todos han aprendido a nadar en un sorbo de agua. Y a falta de libretas, Klechija hace sus deberes sobre la arena.
Se levanta sin luz cada mañana. A las 6. Y con la esperanza de llenar el estómago a las horas de comer. Estudia 3º curso de primaria y comparte los libros de texto con su compañera de pupitre en la escuela Cantabria. El par de zapatos que lleva encima también los alterna con una de sus hermanas. Como la mayoría de niños y niñas va a la última. Calza y viste lo que llega de la ayuda exterior. Los lugares destinados al juego se los conoce todos. Son siempre los mismos. Al día de hoy sus ilusiones no pasan por una play station; todavía disfruta saltando la cuerda. Lo que sí echa de menos es un simple grifo que haga correr el agua
Los mayores no conocen más que lo que tiene delante. En cambio, unos 10-000 jóvenes tienen la oportunidad de salir cada verano hacia España, en lo que se denomina ‘Vacaciones en paz’. Klechija estuvo en Castro Urdiales y su hermana Engia en Madrid. No se cansa de mostrar fotos en la playa, pisando el césped, subida en un columpio Se hace tarde y va siendo hora de recoger. Sus hermanas ya están acostadas, pero ella habla por los codos mientras la madre sigue preparando te y el padre deja caer la baba escuchando a su hija. Antes de hacerse un hueco en el suelo para dormir, Klechija Bwslla se despide con un «hasta muy pronto, señor».
Aquí la guerra sigue. Ahora contra la monotonía y la inactividad. Contra el qué hacer mañana. Un charco de ojos negros queda atrás, al ritmo que diseña la solidaridad internacional. El desierto se encarga de estirar una a una las condenas mientras el resto aparentamos estar demasiado ocupados. Aún así, Fatma no pierde la esperanza de morir en casa, Hadiya insiste en enseñar a sus alumnos que existen otros colores además del color de la tierra donde respiran y la joven Klechija no para de preguntar en voz baja por qué el rey de los españoles visita Marruecos y no hay nadie que le pueda traer hasta aquí. En su vasto proyecto por documentar la mujer en los cinco continentes, el reportero cántabro Javier Rodríguez Gómez ha viajado a los campamentos saharauis para relatar su tragedia.
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